Un mal dÃa lo tiene cualquiera
Hace relativamente poco tiempo que gracias a uno de esos afortunados y poco usuales golpes en la cabeza que asesta el destino cuando se enfada, empecé a mirar realmente hacia arriba. Cuando has perdido la costumbre de hacerlo, al menos en esta ciudad, despues no puedes creer que hayas podido pasar tanto tiempo ignorando tantas cosas bonitas.
Aquà si miras abajo ves suciedad, desgaste, cansancio, miseria y muchas veces algún periódico que, al menos a mÃ, últimamente me hace sentir peor que todo lo anterior.
Pero si miras arriba puedes ver cosas geniales. Una pastelerÃa cerca de mi casa tiene la entrada protegida por un porche que los estudiantes que viven en el piso de encima utilizan como terraza, aún estos dÃas que el frÃo no se ha puesto duro. Chupan humo en gran cantidad, pero se les ve felices.
Puedes ver jardines colgantes en miniatura, pequeñas bestias peludas, soñadores, amantes, niños aburridos, ancianos sorprendidos, caliza ennegrecida. Y sobre todo un montón de huellas, un montón de ojos, de oÃdos, de manos, besos, pies, anhelos agarrados a tabiques y lágrimas a cristales.
Y todo para qué.
La belleza de esta ciudad hoy no me compensa. La del paÃs tampoco. La total indiferencia de tantos de sus habitantes. Esa realidad general tan irreal. El cinismo, la torpeza y a veces la mezquindad y el egoÃsmo de los que dicen que nos gobiernan, hoy han inclinado la balanza.
Supongo que un mal dÃa lo tiene cualquiera.



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