Rolling
Más que una casa, tengo un cuarto, bastante pequeño una vez que le pones muebles (que al final resultan ser necesarios) y por tanto algo incómodo. De vez en cuando voy al baño y a la cocina, pero mi espacio es este. Quizás el tamaño ayude a que para mà tenga ese aire de refugio, de cubÃculo que en vez de agobiar hace que me sienta abrazada por las paredes cuya frialdad amortigua el edredón, a falta de unos brazos más calientes y suaves. Las camas grandes tienen la ventaja de que puedes dar muchas vueltas y dormir en diagonal, que está muy bien, y el inconveniente de que a veces medio dormida alargas el brazo y no encuentras nada.
Entonces te cantas una nana brasileña o te cuentas un cuento para dormirte rápido y soñar mucho. Sueñas que tu cuarto es una cápsula que rueda por caminos sin final, que no se bifurcan sino que se dividen y cruzan de forma infinita. Millones y millones de cápsulas ruedan como tú. Los encuentros, fortuitos o buscados con otras cápsulas o comunidades de ellas pueden ser maravillosos. Para no confundirte, ayudan mucho las pegatinas y banderas que los ocupantes colocan en la carcasa; las más de fiar no se ven muy bien porque son transparentes. Pero la experiencia te enseña a identificar a los moradores de las arenas, los roedores de aspecto gigantesco y los periodistas del lado oscuro, asà como las estaciones de servicio con el mejor vino y cambio de dj con sistema de puntos.
Me despierto y hago una excursión a la nevera. Llega uno de mis compañeros de piso, al que sà me gustarÃa ver más a menudo. Siempre está leyendo un buen libro o tiene alguna buena historia que contar. Hoy venÃa de ver las estrellas, con su telescopio nuevo bajo el brazo, de excursión con su grupo de astronomÃa, emocionado. Volvimos a comentar la antologÃa del disparate de la derecha española y nos dimos las buenas noches contentos sin saber muy bien por qué. Quizás por estar optimistas, por intentar cada dÃa derribar alguna alambrada del pasado, y tener la mirada limpia para ver las estrellas.


