Diciembre 23rd, 2005 by
María
No sé cuando se supone que empieza oficialmente la Navidad. Si el primer domingo de adviento, si cuando encienden las luces o empieza la publicidad. Empiece cuando empiece, yo ya he tenido bastante.
En Navidad el estress y el volumen de trabajo (en mi caso) se cuatriplica, la gente está histérica, el centro es se vuelve un infierno y que se te ocurra hacer alguna compra a partir del 15. Por no hablar de esas reuniones familiares a las que ninguno de sus miembros quiere asistir sin que se atrevan a reconocérselo entre ellos. Yo siempre he dicho que si la gente no se junta por naturaleza, será por algo, así que no es bueno tentar al diablo ni exigir a tus hijos o hermanos que se jueguen tu cariño a la aparición obligatoria en una fecha impuesta desde fuera.
Pero para no variar, todos decimos lo mismo y pocos hacen algo.
Con todo, estas fechas tienen cosas buenas. Regalos, algún encuentro agradable o esta tarde, en la que cuando llegue el mensajero que estoy esperando, seré libre para ver un espectacular atardecer de invierno.

Diciembre 20th, 2005 by
María
Esta semana, la semana de retomar mi blog, empieza en martes. Había decidido darle un cambio de imagen aprovechando el fin de este prolongado silencio, pero no se puede tener todo. Otro día de tiempo maldito, sin poder pararme a cuidarte como me de verdad me gustaría.
El tiempo ha pasado rápido y mientras muchas cosas buenas, pero cómo te he echado de menos, nadie lo sabe. Y el caso es que has estado ahí, a un clik, todo el tiempo. Y yo no he estado en la selva, ni en la montaña, ni en un hospital, ni con las manos rotas.
Sólo que hay veces que el exterior te envuelve o te tira, te lleva y te secuestra; y otras te deja ciega durante días con tanta luz, te droga con un perfume o te hace llegar a un estado en el que si postearas, sería para escribir cosas tan terribles como para provocar una epidemia de tristeza o tan hermosas como para colapsar el sistema.
Vuelvo a sentirlo. Estoy en casa de nuevo. En mi casa mutante y voladora llena de sueños y de arañitas cariñosas que me visitan. Y no hay nada, nada en el mundo como sentirse en casa.
(el cambio de imagen, otro día)
Diciembre 5th, 2005 by
María
Endre, mi vecino favorito durante mi año vienés, en el número 33 de Alserstrasse, está a punto de terminar su proyecto de investigación en Tarragona. Pronto volverá a casa, a seguir con su carrera de antropología y su trabajo de guía turístico para alemanes en la ópera de Budapest. Llevaba tres meses en España y ninguna de nosotras le había visto aún, las españolas que hicimos de madres, hermanas, confesoras y compañeras de noches interminables durante el duro invierno austríaco, las que, según nos decía este fin de semana antes de que se nos saltaran las lágrimas, le descubrieron España y le cambiaron la vida.
Así que a las 9 y media de la noche cogíamos la carretera de Barcelona rumbo al mar, luchando contra el sueño y el agotamiento acumulado de toda la semana. Llegamos alrededor de las 3 y media de la mañana y lo primero que nos encontramos nos chocó un poco. Vale que ya es Navidad, pero esos ángeles como recortados de una cartulina gigante, tan blancos y en una rotonda que tenía dentro un mini-estanque con puente y todo, a pesar de que el acceso parecía difícil (por el tráfico y tal) y el cruzar el estanque innecesario.
La respuesta de los nativos ante nuestros problemas para llegar al punto de encuentro fue notablemente calurosa y amable, aunque hay que puntualizar que era viernes, de madrugada e íbamos cuatro chicas solas en un coche, lo que igual tuvo algo que ver.
El piso de Endre es una casa antigua del carrer del Mar llena de extranjeros (5 de ellos húngaros!) reconvertida en duplex 100% Ikea con puertas que se abren con tarjeta cuando funcionan y luces con célula fotoeléctrica que se apagan antes de que te haya dado tiempo a llegar a sitio alguno, lo que resultaba muy divertido.
Los habitantes del duplex, desbordantes de curiosidad, echan en falta un español en el piso que les solucione sus dudas con el castellano. Enseguida, los 5 minutos de descanso en el salón antes de visitar el barrio viejo, se convirtieron en una ronda de preguntas acumuladas durante semanas que derivó ante la estufacción de los guiris en una discusión entre nosotras sobre la mejor forma de explicar el uso de los verbos ser y estar o la conveniencia de complicarles la vida con la diferencia entre entender y comprender.
David, el compañero de cuarto de Endre es la fascinación personificada. No paraba de hacer preguntas sobre religión, política, inmigración, medios de comunicación… cualquier cosa. Sólo conoce Tarragona y un poco de Barcelona, pero quiere quedarse aquí para siempre, aún así dudando de si tendrá tiempo para todo. Me hizo mucha gracia que me preguntara sobre el Estatut sin conocer siquiera la palabra, diciendome que su duda más importante era ¿por qué tanto revuelo? ¿por qué España se rompe? ¿qué parte me no he entendido?
El sábado por la mañana seguimos como especialistas el complicado plan del día. Desayuno en El Cortijo (uno de los mejores desayunos que recuerdo), paseo por bosque de pinos que desemboca en el mar, la playa preferida de Endre y rumbo a Montserrat.
El monte, una pasada. El sitio, precioso. El monasterio, horrible, un parque temático con reminiscencias de arquitectura fascista y la Moreneta en la torre de la Bella Durmiente, tan limpio que mareaba, tan frío que producía malestar. Las plegarias a la Virgen en relieve con letras de diseño me pareció demasiado, los dibujos y mensajes de los recipientes de donde se cogían las velas resultaba una mezcla tan ácida de marketing y religión que no me extrañaría que produjera pequeños cortocircuitos en el cerebro.
Por cierto, 4 ¤ por meter el coche, pero es que si no entras en coche… a ver como subes una cuesta infernal (¿hacia los cielos?) en la que no hay ni arcén ni nada que se le parezca. Mi sugerencia: ángeles repartiendo esas cosas tan ricas que vendían unas señoras en la cuesta a los visitantes y globos con la cara de la Virgen de Montserrat (ya puestos).
Siguiente parada: Barcelona-visita-express, que consiste en buscar aparcamiento por media ciudad, comernos dos bocadillos seguidos de botifarra con patatas bravas antes de desmayarnos de hambre, correr a Colón donde nos esperaban los padres de Endre, correr a Plaza Catalunya para que compraran unas entradas para el fútbol, acompañarles al metro, correr al coche, llegar a Gracia, aparcar, tomarnos una cerveza con Laura junto a su casa, darle un beso a David que estaba cenando en el barrio y salir pitando para Tarragona.
Después de desmayarnos tras el paseo nocturno por la vieja Tarragona, amanecimos a las 2 de la tarde y después de comer, como Endre tenía que coger el tren muy pronto pues casi que te acercamos al estadio que las vistas desde Montjuic merecen la pena.
Y de Montjuic a Madrid sin bajarnos del coche (salvo las paradas técnicas, claro) y paramos en la capital porque hoy había que currar, pues lo que tiraba era otra cosa.
Llego a casa y el servidor se ha caído…grrrr